domingo, febrero 28, 2010

Despierto

Escrito el verano del 2000 en Malcocinado (BADAJOZ)
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Agosto nos sacude con el calor desde las primeras horas del día, pero sus noches nos dejan en la piel la brisa y el frescor que te hace respirar fuerte y regocijarte, mas propio de la primavera que de esta época.
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Yo suelo levantarme temprano. Aún no acabo de quedarme con la situación clara de estar de vacaciones.
El primer rayito de luz que entra a través de la ventana por un pequeño resquicio dejado un poco abierto a propósito, me hace levantarme y buscar casi a tientas el café que me devuelve a las sensaciones mas primarias.
El canto primero de los pájaros que pasan volando por encima de la casa me deja aquietado. Sigo con la mirada sus vuelos y quedo quieto, inmóvil, respirando profundamente, el aire limpio, agradecido, y masticando el sosiego, hasta quedar mimetizado con el patio de la casa y su entorno. Soy por así decirlo, una planta mas, parte del encalado. Yo diría que soy casi un limonero.
El aire, fiel al paisaje, te hace respirar hinchándote a conciencia, adornándote el olfato con aromas a verde, limpios, puros y amplios.
Repito café. La situación lo merece.
De nuevo en el patio, sorprendo al gato del vecino, que con fijeza me mira como intentando conocerme y no lo consiguiera. Al momento, el murete que me separa de la casa de al lado, no es obstáculo para que de un salto casi volador, se despida y desaparezca. Aprovecho la manguera de la pila del patio para empaparme de fresco y volver del todo a este mundo.
Después de acicalarme un poco, emboco la salida de la casa con la decisión de quien se lanza a la conquista de algo fantástico.

Salgo a la calle.

La Calle Real. Una calle, por así decirlo, principal, importante. Cae inclinada. Muy inclinada. Inclinadísima. Mantener la verticalidad, tarea difícil, es cuestión de tobillos y de gemelos. En este pueblo no existen las varices. Al menos en los vecinos de la Calle Real. Si hay varices en esta calle son forasteras, no son de aquí.

Desde mi vista, las casas hacen la guerra a tan tamaño plano inclinado, desafiando el terreno y configurando una escalera de tejados ocres sobre fachadas resplandecientes y blancas. Escalera que desemboca en la Iglesia o en su campanario, espadaña blanca de cal sobre su robusta piedra y ladrillo.

Un cable de tendido eléctrico cruza la calle desde la casa de más abajo a la de enfrente. Se encuentra abarrotado de golondrinas alineadas cual formación militar, con sus cabecillas mirándose unas a otras y como esperando que el sol las salude. Vistas así, dan la impresión de ser más unas pinzas de tender de las que se quedan abandonadas cogidas a un tendedero sin ropa. Gozan, eso si, de un palco de honor para presenciar un amanecer tan bello.

¡Que sol! Naranjon, redondo, brillante, fuerte. Casi con una sonrisa. Inmenso y deslumbrante. Y que nos da la vida casi somnoliento aún. Me lo imagino ayudándose por dos de sus rayos más fuertes, saliendo de la montaña del fondo, a pulso, poco a poco, como un atleta. Y tras conseguirlo, remontar su vuelo diario. Sin prisas pero sin pausas. A calentarnos el día.

El descender por una calle tan inclinada es fácil y llevadero. Mejor dicho, casi de dejarte caer por el acerado. Siempre piensas en la calle pero a la vuelta, hacia arriba. Penosa e interminable. Sacando la lengua y encorvado hacia delante. Y se me viene una idea a la cabeza: ¡pobre del crío que abandone a su vigilancia una pelota, arriba, al comienzo de la calle! Después de recogerla al final de la calle, abajo del todo, casi en la ribera, y subir de nuevo, ya se ha ido toda la pandilla a merendar. Así deben de tener las piernas como futbolistas profesionales.

Es por eso que yo la vuelta, la hago siempre por una calle paralela a esta. Más liviana.

Sigo calle abajo. Paso junto al Ayuntamiento. Pequeño, señorial, con su porticado con arcadas, bajo su reloj de sol, que por su disposición solo funciona un par de horas al día, y cuando hace sol, claro.

Avanzo y paso frente a la farmacia. Al llegar a la esquina dejo la oficina de correos a un lado y continúo por la calle de la izquierda. Pero mi mirada se clava en la Iglesia, que casi enfrente me invita a contemplarla. Erguida, casi escondida y guardando seguramente mas de una historia, se alza con trabajo, como empinada, por encima de los tejados como reclamando su importancia. Frente a su pórtico de entrada, se yergue frondosa una palmera y bajo ella, un banco de forja custodia serenamente su sombra. Recuerdo que sentados en él una noche de verano, aproveche con mis hijos para solucionar el mundo durante unas horas.

Continúo por la calle de la izquierda pasando junto al estanco, tomando la esquina y calle arriba ahora. Calle que me conduce al horno de pan. Hay dos. Yo voy al de más abajo.

Al pasar bajo los árboles junto a la acera, se escucha como los pájaros casi se gritan unos a otros.

Al llegar a la panadería, realmente me despierto del todo. Perfume del cielo. Todo te huele a pan nuevo, recién hecho. Aroma sutil. A madre de mañana. A todo lo bueno, encantador, apetitoso, bonachón, de desayuno de dioses. El olor a pan acabado de sacar del horno, rememora los mejores recuerdos de nuestra nariz.

Con la bolsa llena de crujiente frescura aún caliente, me encamino a casa calle arriba. Los bancos que la bordean en su zona de sombra, ya están ocupados por sus habitantes más fijos y tempranos, los mayores y jubilados. Contemplan y escudriñan el pasar de los demás con un interés más propio de cualquier investigador de la policía que de un simple observador. Tampoco hay muchas novedades que llenen su interés.

Y al pasar saludo:

- Buenos días.

- Muy buenas.

Y así un grupo tras otro, despacito. No hay prisa.

Llego a casa. Guardo el pan. Retorno al café. De nuevo sentado en el patio, respiro, miro, siento, escucho, paladeo, pienso, muy tranquilo... quieto... casi pasmado. No es fácil llevar tantas cosas a la vez. La próxima vez me lo tomaré con más tranquilidad.

Será un verdadero placer intentarlo de nuevo... mañana.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres un poeta...deberias de habalr co algun redactor de prensa y q te deje escribir una columnita los lunes despues de los partidos...comentandolos asi...en forma de batalla...tu sabs...jajaja..
Weno...te dejo q tengo q hacer cositas, q er carnet no me lo regalan (por desgracia, jajaja)
Un beso muymuymuymuy ggannnnndeeee!!!

Nacius-Macius

Anónimo dijo...

¿Ahora te das cuenta de que no te lo regalan? Anda, que torta te daba, cogía todos los billetones que te has gastado en autoescuela, exámenes y tal "y con tó la mano abierta ajín" (que basto ha quedado).jejeje
Venga hermano, esta vez si, suerte.

Para el Autor:
No me cansaré de leer el relato de aquel verano, tienes un don Papá.


Un beso, tqm
Tu hijo, el más grande...fácil de reconocer. (hahaha, a ver si me alcanzáis chavales...)
MaNu